‘Cómo llegué a conocer a los peces’, de Ota Pavel
El concierto
Lo mejor para cualquier pescador es empezar con los peces siendo aún crío. Que lo inicie en los misterios de la pesca su padre, su tío o un balsero. En nuestro caso fue el balsero Karel Prošek, de la aldea de Luh, en la municipalidad de Bránov, que con el tiempo se convirtió en nuestro tío.
Fue él quien enseñó a pescar no sólo a mis hermanos Hugo y Jirka y a mí, sino también a nuestro astuto padre. El tío Prošek seguramente nació en el río Berounka como genio de las aguas y llegó a Luh con una crecida. Tenía un hermoso mostacho, como el de un dragón, una voz sonora y buena planta. Era capaz de cualquier cosa: arar y sembrar, ordeñar las vacas, cocinar patatas revueltas, encontrar setas y boletus en la época en la que ya no crecían, barquear durante una crecida, trenzar cestos, cazar corzos, rescatar a gente y a animales transidos de frío, romperle los morros a los idiotas, reír. Durante las crecidas barqueó un par de veces a la comadrona Flýbertová con su indispensable maletín. Y también sabía de peces. Los ensartaba desde la barca en las noches de luna con un tridente llamado «grondle», interponía nasas en su camino, echaba el palangre y, en público, los pescaba con caña, como un señorito.
Todo esto sucedía aún en tiempos del Imperio Austrohúngaro, cuando en el castillo de Křivoklat todavía señoreaba el príncipe Max Egon Fürstenberg, comiendo gulash al estilo del cazador y sorbiendo cerveza de Rakovník. A Prošek, puesto que era el mejor pescador de la región, le estaba permitido capturar presas con cualquiera de las artes posibles a lo largo de todo el río. Tan sólo debía llevar a palacio la anguilas, con su carne semejante a las flores de loto. Disponía para ellas de un morral que su esposa Karolína le había tejido de cañamazo. Las transportaba vivas por la orilla del Berounka hasta el castillo. Sus puertas se abrían solas ante él, como ante un paladín. Vertía las anguilas en una tina de madera embreada llena de agua y de cuando en cuando recibía una pieza de oro con la imagen del emperador. La pieza entera se asemejaba al sol.
Después de que el príncipe se marchara en carruaje tras cuatro colinas lejanas y tras cuatro ríos lejanos, prohibieron a Prošek capturar presas con cualquiera de las artes posibles, asegurándole que le bastaba con una sola, a saber: la caña.
Prošek tenía una caña de bambú larga, ambarina. Un rebenque sin carrete. Avanzaba a contracorriente para que los peces no lo advirtieran, chasqueando de cuando en cuando el rebenque y sus bigotes de dragón, razón por la que a esa arte se la denominaba «al chasquido». Por aquella época llegamos nosotros en nuestro carro: nuestro padre Leo, nuestra madre Herma, mis hermanos Hugo y Jiří y yo. Esta era toda nuestra familia. Atisbamos a Prošek desde los chopos de la orilla opuesta del río. Se movía por las resbaladizas rocas como una nutria pescadora. La veleta de la caña volaba con precisión hasta los lugares señalados. ¿Y los peces? Era como si saltaran fuera del agua por sí mismos. Plateados bagres con el rojo timón de la aleta en el trasero y elegantes comizas con bigote. Panzudos cachuelos de los remansos y leuciscos de los torrentes. Se deslizaban hacia el interior de la red: se acabó la libertad, había llegado su amo y señor, el rey de los furtivos. (…)
Ota Pavel, Cómo llegué a conocer a los peces, Sajalín Editores, 2012
Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús
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